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  • Categoría de la entrada:Mis Escritos
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  • Última modificación de la entrada:04/06/2026

 

 

Eran las 7 de la mañana. El cielo aún no había decidido del todo si quería ser rosa o naranja cuando pisé la arena. Esa franja del mundo en la que todo está en silencio solo para los madrugadores. El mar, somnoliento todavía, acariciaba con pereza la orilla y yo caminaba descalza, con los pantalones remangados hasta los tobillos y el pelo revuelto por la brisa, sin más pretensión que caminar y que el día empezara conmigo antes que con el resto del mundo.

Era mi momento favorito del verano recien estrenado. Ese en el que ni siquiera mis pensamientos habían terminado de despertarse del todo.

Fue entonces cuando la vi semioculta en la arena húmeda, justo donde la marea se rendía antes de retroceder. Un pequeño bulto a medio enterrar, como si el mar me lo estuviera ofreciendo con timidez.

Me agaché. ¿Una botella?. De vidrio verde y gastado por el tiempo. Tenía una pátina de salitre por todas partes y estaba completamente sellada con un tapón de corcho viejo, hinchado y medio comido por el agua. No era una botella bonita de souvenir. Era de esas que habían pasado años viajando, quién sabe cuántos.

El corazón me pegó un brinco. Hacía años que no sentía esa emoción tan maravillosa.

-Es imposible -murmuré mientras la limpiaba con las manos y la sacudía con cuidado contra la oreja, como si pudiera adivinar lo que había dentro-. Es absolutamente imposible. Pero allí estaba.

Me senté sobre un tronco lejos del alcance de las olas y con dedos torpes por la emoción, forcejeé e intenté sacarle el corcho con cuidado, pero estaba terco como él solo, estaba sellado con una cera roja que el tiempo y la sal habían desgastado hasta dejarla rosácea. Tuve que ir con paciencia, girándolo despacio, ayudándome con la uña hasta que por fin cedió con un pequeño ¡plop! de aire atrapado. Metí dos dedos con delicadeza y saqué un rollo de papel amarillento, enrollado con una precisión casi quirúrgica, que esperaba ser liberado. Lo desenrollé con el mimo con el que se abre algo sagrado.

Extraje el mensaje. No era una carta de amor desesperada, ni un mapa del tesoro, ni el grito de auxilio de un náufrago. Era una sola frase, escrita con una caligrafía elegante y firme, que parecía brillar bajo los primeros rayos dorados del sol:

«No te detengas a buscar lo que perdiste en la marea de ayer; lo que el mar se lleva es para que tengas las manos vacías cuando llegue lo nuevo».

Miré hacia el horizonte. Justo en ese instante, el sol rompió la línea del mar, inundando el mundo de un brillante naranja, vibrante y ardiente. Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con la brisa. Aquellas palabras, que parecían haber viajado décadas por el océano, habían llegado exactamente el día en que yo más las necesitaba.

Volví a enrollar el papel. Por un momento pensé en quedármelo, en enmarcarlo como un trofeo de mi suerte. Pero luego miré la botella y comprendí que yo solo era un puerto de paso.

Me puse de pie, caminé hacia el agua y, con un movimiento firme, devolví la botella al abrazo de las olas. La vi alejarse, meciéndose, buscando a la siguiente persona que necesitara vaciar sus manos para volver a empezar.

Seguí mi paseo, pero esta vez, mis huellas en la arena se sentían mucho más ligeras.

Rovica.