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  • Última modificación de la entrada:01/12/2025

 

 

Diciembre siempre había sido para Clara un mes de ruido: compras, prisas, trabajos que cerrar, mensajes que responder, reuniones. Pero este año, al borde de los 30, diciembre llegó distinto. Ese año la encontró con el corazón cansado, triste, dolido por una pérdida que había dejado más silencios que explicaciones.

Había prometido a su familia que iría a la cena de Navidad, pero llevaba días pensando en cancelar. No tenía fuerzas para conversaciones amables ni ganas para sonrisas obligadas.

El 24 de diciembre, a última hora de la tarde, decidió salir a caminar. No buscaba nada: solo aire fresco y un poco de distancia. Las calles brillaban de luces y pasos apresurados; parejas que se tomaban del brazo, niños con gorros de Papá Noel que corrían como si la Navidad fuera un juego inventado para ellos, y adultos cargados con bolsas que parecían más pesadas que la propia rutina.

Clara se detuvo frente a un escaparate. Dentro, un pequeño grupo compartía chocolate caliente alrededor de una mesa. Reían sin prisa, ajenos a todo. Así se veía la Navidad desde afuera, pensó. Desde adentro, en cambio, no siempre era tan luminosa.

Siguió caminando hasta que un pequeño cartel llamó su atención. Estaba frente a un bar que jamás recordaba haber visto abierto. El letrero decía:
“Noche Buena — Abierto hasta el último brindis.”
Algo en esa frase le movió un hilo por dentro. Entró.

El interior olía a madera y café recién molido; un murmullo suave llenaba el aire, acompañado por un jazz discreto que parecía sostenerlo todo sin imponerse. No había villancicos, ni adornos exagerados. Solo luz cálida, un ambiente acogedor, un refugio improvisado para quienes no querían celebrar de la manera tradicional.

En la mesa de al lado, un hombre de abrigo gris leía un libro gastado. Levantó la vista cuando ella entró, como si la hubiera estado esperando.

-¿Mesa para una? -preguntó el camarero, sin sorpresa ni compasión. Como si cenar solo fuera un acto completamente natural.

Clara asintió. Pidió una copa de vino y se dispuso a perderse un rato en aquel lugar suspendido del mundo. El hombre del libro volvió a mirarla.

-Perdona -dijo-. Tu vino está demasiado frío. ¿Te parece si pedimos una botella y la compartimos? Así no se desperdicia.

Clara sonrió, desarmada por la sencillez del gesto.

-¿Por qué no?

Se movió a la silla contigua y comenzaron a conversar. Él se presentó como Adrián, arquitecto, divorciado hacía dos años y también escapando de una Navidad demasiado ruidosa. Hablaron primero del clima, de las luces, de lo extraño que era encontrar un bar abierto esa noche. Luego la conversación se fue deslizando con suavidad hacia lo que de verdad importaba: las ciudades que querían conocer, los temores que nunca habían confesado, los recuerdos que dolían lo justo para mantenerse vivos.

El vino hacía lo suyo, pero también la calma con la que Adrián hablaba, como si hubiera pensado cada frase antes de decirla.

-Siempre creí que la Navidad era un asunto de familia -dijo Clara en un momento-. Pero hoy me siento más en paz aquí, con un desconocido, que en cualquier cena formal.

Adrián sonrió levemente.

-Siempre pensé que diciembre era un mes triste. Clara lo miró, esperando la continuación.

-No es tristeza -añadió-. Es un mes que nos obliga a mirar hacia adentro.

Hizo una pequeña pausa.
-A veces lo que nos salva es lo que no estaba planeado.

Aquella frase le aflojó a Clara algo muy profundo. Como si alguien hubiera desanudado, con delicadeza, una cuerda apretada hacía semanas.

Conversaron durante horas. Cuando el bar apagó parcialmente sus luces, señal de que pronto cerrarían, Clara sintió algo extraño al levantarse. No era ilusión, ni enamoramiento, ni siquiera esperanza. Era presencia. La sensación de haberse encontrado a sí misma justo donde no esperaba.

Afuera, la ciudad dormía bajo una capa fina de nieve.

-Si algún día te apetece continuar la botella -dijo Adrián, sin pedir nada a cambio-, estaré por aquí.

Clara no prometió nada. Solo le deseó una feliz Navidad, esta vez sin el nudo que traía desde días atrás.

Regresó a casa caminando despacio. Las luces en las ventanas le parecieron diferentes, como si algo en ellas se hubiera encendido de nuevo. Tal vez, pensó, incluso diciembre guarda un pequeño rincón donde uno puede empezar de nuevo. Y esa noche, sin buscarlo, ella había encontrado el suyo.

Los días siguientes fueron iguales y, sin embargo, distintos. Se encontraron de nuevo, también sin planearlo. Caminaban por la ciudad iluminada, compartían cafés que sabían a complicidad silenciosa. No era una historia de película ni un romance vertiginoso. Era algo más real: dos adultos reconociéndose en sus propias grietas.

La noche del 31, mientras el año se despedía lentamente, Adrián le preguntó:

-¿Qué esperas del próximo año?

Clara pensó en lo perdido, en lo encontrado por accidente, en lo que aún no sabía nombrar.

-Quiero ser más sincera conmigo misma -respondió.

Adrián sonrió como si aquella respuesta fuera, justamente, la que esperaba.

A medianoche, cuando los fuegos artificiales pintaron el cielo de colores fugaces, Clara comprendió algo:

Diciembre, con su aire de cierre y balance, a menudo nos empuja a buscar respuestas concretas, pero a veces su mayor regalo es ofrecernos una pausa y la valentía para formularnos las preguntas importantes que hemos estado evitando durante el resto del año.

Rovica.

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