En el prestigioso —aunque ligeramente sospechoso— Instituto de Formación Profesional “San Cucufato del Tornillo Flojo”, se impartía una asignatura única en el mundo: Introducción al Caos Aplicado —o como liarda parda—.
Curiosidad instantánea: Todos quieren saber qué se aprende ahí… y qué reglas se van a romper, sin perder el control —o perderlo…del todo—.
El profesor encargado era Don Anselmo, un hombre con el pelo permanentemente electrizado y una bata que parecía haber sobrevivido a una guerra química… probablemente porque sí lo había hecho.
El primer día de clase, entró al aula con una caja misteriosa.
—Buenos días, futuros desastres —saludó—. Hoy aprenderemos una lección fundamental: todo puede empeorar… y yo os enseñaré cómo.
Los alumnos se miraron entre sí. Algunos tomaban apuntes. Otros tomaban decisiones cuestionables.
—En esta caja —continuó Don Anselmo— hay algo que no debéis tocar bajo ningún concepto.
Se hizo el silencio.
—¿Qué es? —preguntó un alumno.
—Exacto —respondió el profesor—. Curiosidad. Primer error humano.
Y abrió la caja. Dentro no había nada.
—¿Eh? —dijo toda la clase a la vez.
—Eso —dijo Don Anselmo señalando el vacío— es un problema sin identificar. Y ahora mismo, todos estáis pensando en tocarlo.
Cinco manos se levantaron.
—Perfecto. Suspensos preventivos —anuncio el maestro—
A partir de ese momento, cada clase era peor que la anterior.
Un día, el ejercicio consistió en montar una estantería siguiendo unas instrucciones en japonés… pero con piezas de una bicicleta.
—La clave —explicó el profesor— es la confianza injustificada.
Otro día, les hizo organizar una reunión sin definir el tema.
—Pero, ¿de qué hablamos? —preguntó una alumna.
—De eso mismo —dijo él—. Bienvenida al mundo laboral.
El caos alcanzó su punto máximo cuando anunció el examen final.
—Será una prueba práctica —dijo—. Tendréis que resolver una situación completamente absurda.
El día del examen, los alumnos llegaron al aula… y no había aula.
Solo un cartel que decía: “Aula trasladada”.
Debajo, una flecha apuntando en dos direcciones opuestas.
Después de una hora de confusión, discusiones y una breve formación de un sindicato improvisado, encontraron al profesor en la cafetería, tranquilamente comiéndose un bocadillo.
—Llegáis tarde —dijo sin levantar la vista.
—¡Pero si no había aula! —gritó uno.
—Exacto —respondió él—. Problema número uno: falta de información. ¿Solución?
—¿Buscar? —dijo otro, dudando.
—Error. La solución era rendirse con estilo.
Un alumno levantó la mano.
—Profe… ¿esto sirve para algo en la vida real?
Don Anselmo lo miró con una mezcla de orgullo y preocupación.
—Hijo… esto ES la vida real.
En ese momento, el director del instituto entró corriendo.
—¡Anselmo! ¡El sistema informático ha colapsado, los horarios han desaparecido y la impresora está sacando memes sin parar!
Don Anselmo sonrió.
—Ah… veo que el proyecto final ya está en marcha.
La clase entera se giró lentamente hacia él.
—¿Ha sido usted? —preguntaron al unísono.
Don Anselmo dio un mordisco a su bocadillo.
—Digamos… que sois evaluación continua.
Y así, el Instituto “San Cucufato del Tornillo Flojo” siguió formando generaciones de alumnos perfectamente preparados para lo inesperado, lo absurdo y, sobre todo, para sobrevivir a reuniones inútiles sin perder completamente la cordura… o perdiendola toda.
Rovica.



😁, una asignatura interesante. Saludos, Rovica.
Una locura, Marcos. Muchas gracias. Un abrazo amigo.