La primera mañana de frío serio llegó sin avisar. En la parada del autobús, Clara esperaba con los brazos cruzados, tratando de atraparse el calor entre los codos. Había salido deprisa con una chaqueta fina. El viento parecía hecho de agujas.
A unos metros, un hombre mayor observaba una máquina expendedora que nunca funcionaba. Llevaba un abrigo marrón, demasiado grande para él, como si hubiera heredado la prenda de alguien más corpulento.
Clara lo veía todos los días, pero nunca habían hablado. Esa mañana, el hombre la miró un rato, inclinó la cabeza y caminó hacia ella. Sin decir palabra, se quitó el abrigo marrón y se lo puso sobre los hombros. Clara se estremeció, quizá por el frío, quizá por la sorpresa.
-No, no puedo quedármelo… -dijo ella.
El hombre negó con suavidad.
-Yo ya estoy acostumbrado -dijo-. Usted no.
Clara intentó insistir, pero él levantó una mano con un gesto amable y firme.
El autobús llegó y el hombre se quedó atrás, sin prisa. Clara subió envuelta en el calor ajeno, sintiendo que la bondad pesaba de una manera distinta a cualquier tela, más blanda, más profunda.
Al día siguiente, ella fue temprano a la parada con una bolsa. Dentro llevaba un abrigo nuevo, gris oscuro, sobrio, comprado con parte de sus ahorros. Planeó entregárselo discretamente.
Pero el hombre no apareció. Ni ese día ni los siguientes.
Durante semanas Clara buscó con la mirada entre los rostros de siempre. Nada. Hasta que una mañana vio el abrigo marrón puesto sobre los hombros de una mujer joven que llevaba a un niño en brazos. Ella tampoco parecía conocer su origen.
Clara sonrió. No lo había perdido. Solo seguía viajando de hombro en hombro, encontrando a quien lo necesitaba.
Entendió entonces que la bondad no siempre vuelve a quien la da; a veces simplemente sigue su camino, multiplicándose sin pedir permiso, sin esperar aplausos.
Y ese pensamiento, cálido como la tela marrón, le duró todo el invierno y mucho más.
Rovica.


