Cada noche, cuando la ciudad apagaba sus luces, Luna cerraba los ojos sin saber a dónde viajaría. No necesitaba maletas ni mapas: sus sueños se encargaban de todo.
Al principio siempre había una puerta. No era igual dos veces. A veces era de madera vieja, otras de cristal, otras flotaban en medio del aire. Luna la abría con cuidado y, al cruzarla, el mundo cambiaba de reglas.
Una noche caminó sobre nubes que sonaban como campanas. En otra, nadó entre recuerdos: risas de infancia, abrazos olvidados, promesas que alguien había hecho bajo la lluvia. Los sueños no seguían el tiempo, lo mezclaban todo como un pintor distraído.
Pero el viaje más extraño ocurrió cuando se encontró a sí misma sentada frente a un lago oscuro. El agua no reflejaba su rostro, sino sus miedos: caídas sin suelo, palabras no dichas, despedidas. Luna quiso huir, pero el lago susurró:
-Los sueños no vienen a asustarte, vienen a enseñarte.
Entonces entendió. Tocó el agua y los miedos se transformaron en estrellas. Cada una era una parte de ella que pedía ser escuchada. El lago dejó de ser negro y se volvió un cielo invertido.
Cuando despertó, el sol entraba por su ventana. Todo parecía normal: la habitación, el reloj, el silencio. Pero Luna sonrió. Sabía que dentro de ella seguía existiendo ese otro mundo donde lo imposible respiraba.
Desde entonces, cada noche se duerme sin miedo, porque aprendió algo importante: Los sueños no son escapes de la realidad…son caminos secretos para conocernos mejor.
Rovica.



Excelente mensaje, saludos para ti.
Muchas gracias Marcos. Me alegra saber que te ha gustado. Feliz finde. Un abrazo amigo.