Todos nos hemos decepcionado profundamente alguna vez por alguien. Hemos sufrido el sabor amargo de lo que creíamos que iba a ser y no fue. El gesto que nunca llegó, el sueño derrumbado o, simplemente, la traición de alguien que jamás hubieramos podido imaginar.
Es entonces, cuando la actitud y circunstancias son modificadas, cambia totalmente el valor otorgado, se renueva la importancia que tiene para nosotros esa persona en la que confiabamos y, en un proceso de desconexión profunda, llega finalmente, ese punto de no retorno: cuando el ruido de la decepción o el dolor se apaga y solo queda el silencio, la indiferencia total y la nada más absoluta.
Rovica.


