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Cuando vayas a fallarme asegúrate de no necesitarme nunca más…Porque una vez que se rompe la confianza, ya no queda la acogida para volver.  No es orgullo, es dignidad. No es rencor, es memoria.
No es cuestión de soberbia ni de cuentas pendientes, sino del peso inevitable de la dignidad. Cuando alguien quiebra la confianza con plena consciencia de lo que rompe, asume también el riesgo de que la otra persona lo deje fuera de su vida.
Los vínculos no siempre se desmoronan con estrépito, ni a la ligera, veces se apagan en un silencio absoluto, con esa calma tan extraña como el sonido de una puerta cerrándose por completo en una desconexión definitiva, ya no discute,  no reclama, simplemente se retira.
Si en algún momento decides fallar de esa manera, hazlo con la certeza de que no habrá un regreso asegurado. Quizá sigas existiendo en este mundo, pero ya no con mis manos abiertas para sostenerte.
Llega un punto en el que el respeto propio pesa más que cualquier afecto retenido, y una comprende que lo más sano es no volver a habitar los lugares donde el alma tuvo que aprender armarse de coraje para no volver a pedir permiso, para sobrevivir. La paz no es negociable.

Rovica.

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