Había una vez un tipo llamado Ernesto que estaba convencido de que el amor era como el WiFi: invisible, caprichoso y, cuando más lo necesitas, deja de funcionar.
Ernesto llevaba años intentando enamorarse con método científico. Tenía una libreta titulada “Plan Maestro del Amor Verdadero (con gráficos)”. En ella anotaba cosas como:
Sonrisa nivel 7: funciona.
Chiste sobre pingüinos: no funciona.
Preguntar “¿crees en el destino?” en la primera cita: absolutamente no funciona.
Un día decidió que el problema no era él, sino… el universo. Así que tomó una medida drástica: se compró una camiseta que decía “CANDIDATO IDEAL A NOVIO” y salió a pasear por el parque con una confianza que no le cabía en los bolsillos.
A los diez minutos, una señora le dio 2 euros pensando que era una campaña solidaria. Pero Ernesto no se rindió. Se apuntó a clases de baile. Pensó: “El amor entra por los ojos… y por los pasos de salsa”. El primer día pisó a su pareja 14 veces. La segunda, 22 (estaba perfeccionando). La tercera, su pareja llegó con botas de seguridad.
-No eres malo bailando -le dijo ella-. Eres… memorable.
Eso Ernesto lo apuntó en su libreta como “posible cumplido ambiguo”. Desesperado, decidió probar con una app de citas. Su perfil decía: “Me gusta el cine, la pizza y las conversaciones profundas sobre por qué siempre se pierde un calcetín en la lavadora.”
Sorprendentemente, hizo match con alguien: Lucía. Quedaron en una cafetería. Ernesto llegó 20 minutos antes, revisó su respiración, su peinado, su existencia entera. Cuando Lucía entró, él se levantó tan rápido que volcó el café, el azúcar, y parte de su dignidad.
-Hola -dijo ella, sonriendo-. ¿Siempre haces entradas dramáticas?
-Solo cuando siento algo especial -respondió Ernesto, sin saber cómo, pero funcionando.
Hablaron durante horas. De películas malas que les gustaban en secreto, de viajes que no habían hecho y de teorías absurdas sobre los gatos (ambos coincidían en que los gatos sabían cosas… demasiadas cosas).
Al final de la cita, Ernesto sacó su libreta.
-Perdona -dijo-. Es que… estoy estudiando el amor.
Lucía se quedó mirándolo en silencio.
-¿Y qué has descubierto?
Ernesto dudó. Miró sus notas, llenas de intentos fallidos, gráficos inútiles y observaciones ridículas. Luego la miró a ella.
-Que no tengo ni idea. Lucía se rió.
-Perfecto -dijo ella-. Entonces vamos a no tener ni idea juntos.
Y así empezó todo. Ernesto nunca terminó su “Plan Maestro del Amor Verdadero”. Pero sí aprendió algo importante: el amor no es como el WiFi. Es peor. Porque no hay botón de reinicio… pero cuando funciona, te olvidas de todo lo demás. Incluso de los calcetines desaparecidos.
Rovica.


