• Autor de la entrada:
  • Categoría de la entrada:Mis Cosas
  • Comentarios de la entrada:2 comentarios
  • Tiempo de lectura:3 minutos de lectura
  • Última modificación de la entrada:13/02/2026

 

 

El día que decidí ser adulto empezó con una tostadora en llamas. No fue una metáfora. Fue fuego real.

Me desperté convencido de que ya era hora de “poner mi vida en orden”. Venticuatro años, tres plantas muertas en el balcón y una colección de tuppers sin tapa eran señales claras de que necesitaba madurar.

Así que hice lo que hacen los adultos responsables: prepararme el desayuno.

Metí dos rebanadas de pan en la tostadora. Hasta ahí, impecable. Profesional. Sobrio.

El problema fue que olvidé que la noche anterior había intentado “arreglarla” con un cuchillo, porque no saltaba bien el resorte.

Conclusión: al bajar la palanca, la tostadora decidió que era momento de convertirse en una antorcha olímpica.

Entré en pánico. Soplé. No funcionó. Le grité. Tampoco.

La golpeé con una cuchara de madera mientras gritaba: “¡Compórtate como electrodoméstico normal!”

El vecino tocó la puerta.

-¿Todo bien?

-¡Estoy practicando cocina molecular!

Logré apagar el fuego tirándole encima una tapa de olla. Me quedé mirando el desastre. El pan era carbón. La cocina parecía escena de crimen.

Respiré hondo. Los adultos no se rinden, pensé. Así que decidí hacer café.

No había café. Perfecto. Plan B: salir a comprar. Me vestí con dignidad. Camisa planchada (por delante), pantalón formal (con el pijama debajo, por si volvía rápido). Bajé decidido al supermercado.

En la fila, una señora me miró el calzado.

-Joven, ¿usted sabe que lleva una pantufla y un zapato?

Miré hacia abajo. Efectivamente. Intenté mantener la compostura.

-Es tendencia europea, señora.

No me creyó. Pagué y regresé a casa con café, pan nuevo y una sensación leve de derrota.

Segunda ronda. Esta vez, tosté el pan en la sartén. Manual. Seguro. Infalible.

Me distraje leyendo las instrucciones del café. El pan volvió a carbonizarse. Otra vez humo.

Otra vez el vecino.

-¿Ahora qué cocina?

-Recuerdos -respondí, abriendo las ventanas.

Decidí que quizá ser adulto implicaba tareas más simples. Como pagar facturas.

Abrí el portátil. Diecisiete notificaciones. Diecisiete.

Una decía: “Último aviso”. Otra decía: “Ahora sí último aviso”. Otra: “En serio, último”.

Entré en pánico financiero.

Intenté pagar la factura del internet… pero pagué la del gimnasio. No voy al gimnasio desde 2024.

La aplicación me felicitó por “seguir comprometido con mi bienestar físico”.

Lloré un poco. A las 12:47, sonó mi teléfono. Era mi madre.

-¿Cómo estás, hijo?

Miré la cocina chamuscada, el pan negro, el café sin hacer y el recibo del gimnasio pagado por error.

-Muy adulto, mamá.

Ella guardó silencio y despues dijo:

-¿Qué quemaste hoy?

-Pan.

-Ah. Progreso. La semana pasada fue arroz. Colgué y me dejé caer en el sofá.

Tal vez ser adulto no era tener todo bajo control. Tal vez era sobrevivir a tus propias decisiones sin que intervengan los bomberos.

Suspiré. En ese momento, la tostadora hizo un pequeño chispazo. La miré. Ella me miró. Y entendí algo importante:

No estoy listo para ser adulto. Pero definitivamente estoy listo para pedir desayuno por aplicación.

Y eso, honestamente, ya es un logro.

Rovica.

Esta entrada tiene 2 comentarios

¿Te ha gustado? ¡Pues ahora te toca comentar!