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  • Última modificación de la entrada:04/02/2026

 

 

Había una vez un pueblo tan tranquilo que lo más emocionante que ocurría era cuando a las palomas se les olvidaba en qué plaza vivían. Pero todo cambió el día en que el zapato izquierdo de Don Rogelio decidió que ya estaba harto…¡Sí, harto!

Harto de pisar charcos, harto de que lo arrastraran sin preguntar, y sobre todo, harto de ser el zapato olvidado, porque el derecho siempre recibía más elogios.

-¡Qué cómodo me queda este zapato! -decía Don Rogelio cada mañana, mirando solo al derecho.

Hasta que una mañana, mientras Rogelio intentaba ponérselo, el zapato izquierdo habló.

-¡Hoy no! -gritó cansado con voz de tenor-. ¡No pienso soportar ni un paso más sin mis derechos laborales!

Don Rogelio se cayó de espaldas del susto.

-¿Yo…? ¿Qué…? ¿Qué está pasando?

El zapato derecho suspiró, acostumbrado al drama de su hermano.

-Ay, ya empezó otra vez…

El zapato izquierdo se enderezó todo lo que pudo.

-Exijo un descanso semanal, un secado digno después de cada mojada y… ¡y crema hidratante! ¿Sabes lo que es vivir con la piel reseca?

Rogelio, todavía en el suelo, trató de poner orden.

-Pero… pero yo… ¡solo quería ir a comprar pan!

-Pues vas descalzo -dijo el zapato ofendido.

Rogelio pensó que estaba soñando, pero no, el zapato izquierdo saltó solo hasta la mesa, se cruzó de cordones como si fueran brazos y se negó a bajar.

El derecho se acercó a Rogelio y susurró:

-Dale lo que pide. No sabes lo pesado que se pone cuando empieza con sus discursos.

Rogelio, resignado, sacó un tarro de crema que usaba para las manos y se la ofreció al zapato.

-¿Así está bien?

El zapato izquierdo soltó un “mmm” de satisfacción.

-Podría funcionar… quizá.

Rogelio lo bajó de la mesa. El zapato se dejó poner, pero antes de que Rogelio se levantara dijo:

-Ah, y quiero que me elogies. Cada. Día.

Rogelio suspiró.

-Muy bien… eres un zapato maravilloso.

-¿Más sentimiento, por favor?

-Eres… un zapato maravilloso de alma noble y suela fuerte.

Y así, como si nada, salieron de casa.

Desde aquel día, todos en el pueblo se acostumbraron a escuchar a Rogelio hablarle a su zapato izquierdo por la calle:

-Qué bien caminas hoy…
-Qué elegante te ves…
-Sí, tú también eres cómodo…

La gente pensaba que Rogelio se había vuelto un poco excéntrico.

Pero nadie sabía la verdad:

No es que estuviera loco. Es que algunos zapatos tienen carácter. Y este, además, tenía muy mal humor.

Rovica.

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