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Hoy, desde El Rincón de Rovica: Destino. Aquel día el destino se había propuesto convencerme de su existencia. Hacerme creer en él como creo en los poderes curativos de un par de bocados a una tableta de chocolate negro o blanco. Sin embargo, su propósito era un secreto para mí, y así seguiría siendo durante un tiempo.

En ese tiempo, el destino (al que me imagino como una mujer aunque sea de género masculino) disfrutó de su papel de titiritero haciéndome girar las esquinas necesarias, decir las palabras adecuadas y tomar las decisiones requeridas para llegar aquí donde estoy ahora. Donde estamos nosotros.

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El destino siempre actúa así. Con premeditación y alevosía. Con cuidado, detalle a detalle, como un Rey Mago la noche del 5 de enero. Porque lo peor, la más grande hecatombe que podría sucederle, sería ser descubierto. Al destino le encantan las sorpresas. Que lo ignores durante años y que un día, de repente, lo veas. Y entonces, con la boca abierta y los sueños despiertos, le creas.

Eso me ha pasado a mí, que siempre me he creído artífice de mi propia vida. Y así es. A lo largo de mi existencia he escogido qué estudiar, con quién salir, a quién dejar y a quién olvidar cuando me han dejado. He elegido trabajar, descansar, mi sabor preferido de helado, mi estilo vistiendo y el color de mis paredes. He decidido lo insignificante y lo trascendental, y sin embargo, ni en mil vidas hubiera imaginado algunas de las tramas que me ha tocado vivir, ni mucho menos sus desenlaces.

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“Es lo que tiene la vida”, dicen. “Hoy estás aquí y mañana allí”, “todo cambia, nada permanece”, “nunca digas nunca” y esas cosas. Y es verdad, sí. Y es mentira, también. Ahora mismo creo que nada es fruto de la casualidad. Mejor dicho, que hay cosas que sí, pero cosas que no. Y que incluso si las hubieses visto venir y te hubiese empeñado en huir de ellas, te hubiesen alcanzado igualmente. Porque son para ti, llevan tu nombre. Son pequeñas misiones, sean o no agradables, que te han sido asignadas para avanzar o estancarte. Para reír o llorar. Para amar o sufrir. Para vivir.

Esas cosas te pertenecen. Esas vivencias son tuyas. Y pueden llegar a ti de golpe, aunque sin saberlo llevaran toda la vida acechándote, o juguetear entre tus años, acercándose y alejándose de ti hasta quedarse definitivamente. Como ese matrimonio de no sé donde que una tarde cualquiera, hojeando un viejo álbum, descubrió que muchos años antes de conocerse se habían sacado una foto juntos en Disneylandia, ambos tan pequeños y ajenos a que el futuro, en ese instante, estaba al lado.

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Y luego estás tú y estoy yo. Tú, que estás leyendo, y te preguntas si algún día te cruzaste con él aún sin conocerle. Si te pidió la hora en una discoteca de tu ciudad u os acarició la misma racha de viento en alguna parada de autobús. La respuesta es sí. Seguramente sí. Porque el destino, ya lo sabes, es un romántico, un cachondo, un juguetón que ama la poesía. Y en la poesía, como en la vida, hasta lo que parece casual es premeditado.

Y si no, piénsalo. De qué cantidad de decisiones depende cada cosa que hoy tienes en tu vida. ¡Vamos! Si ni siquiera estarías con él si aquel día no hubieras elegido ese café, encendido tu ordenador, mandado a la mierda tu trabajo o salido con tus amigas aunque no tuvieras ganas. ¿Casualidad? ¿Puro azar? Piénsalo así si quieres. En ese momento te habrás convertido en la próxima víctima del destino. Piénsalo ahora, si lo necesitas, pero prepárate para que ella, porque el destino es poeta y es mujer, llegue y te demuestre que no es un mito, que lo que tiene que ser tarde o temprano es. Que tú siempre escoges el camino, el paisaje y el vehículo, pero el lugar al que te diriges te escoge a ti.

Y eso no es casualidad. Eso se llama destino. Eso se llama poesía.

—Y tú, ¿crees en el destino? 

—Yo a veces. A días. Quién sabe…

Yo, hoy, mucho.

  Tejetintas. Letras a corazón abierto

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