Él fue un espejismo con sonrisa de amanecer, una estrella que se atrevió a brillar incluso en la oscuridad de mis dudas. Creí en su luz como quien busca abrigo en medio del frío, sin sospechar que aquel resplandor no era refugio, sino maldad disfrazada de ternura. Ganó la medalla al arte de fingir amor, y yo, espectadora ingenua, aplaudí su función sin advertir que el guion estaba escrito con la tinta de mi herida. Con el tiempo, su eco se fue desvaneciendo entre mis lágrimas y su brillo tan falso como sus promesas; dejó de alcanzarme al descubrir la gran verdad de sus mentiras.
Era, al fin y al cabo, la estrella de su propio espejismo: tan encantador que hasta el desengaño parecía un premio. Jugó con el oro del ego y perdió el alma en la apuesta. Yo, que antes lo miraba desde el amor más sincero, aprendí a erguirme y a brillar desde mi propio podio, sin medallas ni mentiras. Su trofeo es la soledad; el mío, la paz de haberme liberado del humo. Porque, al final comprendí, que el oro más puro es el que no se oxida con la decepción y esa, esa siempre fui yo.
Rovica.


