El amor no llega con estruendos;
a veces entra despacio,
como la suave luz que se cuela
entre las rendijas del alba.
El amor no tiene rostro,
se reconoce en la luz de los ojos.
No tiene voz,
habita en cada gesto
de quien lo siente.
El amor no niega la herida,
la abraza hasta que cura.
No borra la noche:
enciende estrellas suficientes
para atravesarla.
Es puente sobre los abismos,
abrigo cuando el invierno es largo,
semilla diminuta y terca
que insiste en florecer entre las grietas.
No pregunta por fronteras,
no entiende de orgullo ni de distancia.
Es un idioma universal
que el corazón reconoce.
En tiempos de ruido,
el amor susurra.
En tiempos de miedo,
el amor cuida, protege y permanece.
No es ausencia de dolor,
es la valentía de quedarse.
No es promesa perfecta,
es elección constante.
Y allí donde parece no quedar nada,
cuando todo se ha perdido
y el mundo se derrumba en silencio…
Queda un latido, un eco en el alma…
Entonces, ahí el amor prende la chispa,
diminuta, indomable,
persistente e inquebrantable.
No hace falta decir nada.
Basta sentir.
Y entonces
el amor vuelve y reconecta.
Rovica.


