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  • Última modificación de la entrada:30/08/2025

 

Laura había aprendido a vivir entre silencios. El silencio de su casa, cuando esperaba, hasta altas horas despierta, a que su esposo regresara de madrugada, oliendo a perfumes que no eran suyos y con sonrisas que ya no le pertenecían; el silencio de los domingos, en los que conversaban solo de facturas y compras; y el silencio de su propio corazón, que un día dejó de latir con ilusión y comenzó a latir por costumbre.

Durante años se negó a verlo, se convenció de que aquellas llegadas tardías eran trabajo, compromisos. Hasta que un día, sin buscarlo, descubrió las pruebas: mensajes, fotos, huellas de una vida paralela que él había sostenido con la misma calma con la que le decía “te quiero”. Ese descubrimiento le rompió el corazón en mil pedazos, porque Laura lo amaba inmensamente.

En medio de esa gran herida apareció Daniel. No fue un flechazo ni una pasión desbordada, fue un gesto sencillo. Él la escuchaba. No con prisa, no con condescendencia. La escuchaba como si cada palabra que ella decía tuviera un valor secreto. Le dedicaba todo el tiempo, con palabras bellas dedicadas a su físico y hacia su persona, que jamás habia escuchado de su marido. Y en ese espacio de atención, Laura volvió a sentirse viva y valorada.

La relación no fue inmediata, ni siquiera buscada. Surgió como una grieta que se abre en una pared, lenta, imperceptible, inevitable. Cada mensaje, cada charla, cada encuentro furtivo, era una escapatoria de la vida que había construido, pero también un acto de revancha contra el engaño que había sufrido.

Pero la realidad siempre cobra su precio. Una noche, mientras preparaba la cena, su esposo le preguntó sin mirarla:
-¿Pasa algo? Te noto distante.

Laura sintió un nudo en la garganta. Quiso confesarlo todo, gritar que ya no sabía quién era, que se había perdido en el reflejo de otra piel. Pero solo respondió:
-No, estoy cansada.

Y volvió el silencio.

Aquella noche comprendió que la infidelidad no era solo un acto oculto, sino un espejo que le devolvía su verdad más incómoda, no era feliz. Y lo peor no era traicionar a alguien más, sino traicionarse a sí misma cada día al fingir que lo era.

El teléfono vibró con un mensaje de Daniel. No lo abrió. Se quedó mirando a su marido, que cenaba en calma, sin imaginar que compartía la mesa con una desconocida.

Laura comprendió entonces que debía tomar una decisión: huir hacia esa ilusión que la mantenía viva, o enfrentar de una vez la vida que había construido en silencio.

Y por primera vez en mucho tiempo, entendió que callar ya no era una opción.

Y mientras caminaba sin mirar atrás, Laura sonrió con un gesto sereno, el futuro era un libro en blanco, y por primera vez, sería ella quien escribiría las siguientes páginas…

Lo que sucede después…¿Continuará? 😊😋

Rovica.

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