La vida no espera. Pasa mientras dudas, mientras postergas, mientras te convences de que “después” será mejor momento. Y sin darte cuenta, se te va entre prisas, silencios y versiones pequeñas de ti mism@. No naciste para vivir en automático ni para conformarte con lo mínimo. Naciste para sentir cada instante, incluso los que duelen, porque también ahí hay verdad.
Vivir de verdad es atreverte a usar tu mejor ropa sin ocasión especial, a saborear el café sin prisas, a decir lo que sientes aunque la voz tiemble. Es dejar de fingir que algo no importa cuando por dentro te está rompiendo. Es entender que guardar los sueños para más tarde es, muchas veces, una forma lenta de abandonarlos.
No estás aquí para sobrevivir. Estás aquí para equivocarte, para cambiar de idea, para reír hasta quedarte sin aire y llorar sin pedir disculpas. Para amar sin garantías, sanar a tu ritmo y agradecer incluso lo que aprendiste desde el dolor. Estás aquí para empezar de nuevo tantas veces como haga falta, sin cargar con la culpa de no ser quien otros esperan.
La valentía no siempre se ve como grandes decisiones; a veces es tan simple como irte de donde no floreces, soltar relaciones a medias o romper con rutinas que ya no vibran contigo. Es dejar de apagar tu luz por miedo a incomodar y permitirte ocupar el espacio que mereces.
Vive con el alma despierta. No escondas lo que eres ni pidas permiso para ser feliz. Persigue lo que enciende tu corazón, aunque el camino cambie, aunque el miedo aparezca. La vida es corta, sí, pero suficiente para vivirla con amor, propósito, verdad y autenticidad. Y eso, al final, es lo único que realmente importa.
Rovica.


