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Hoy, desde El Rincón de Rovica: Lo que pudo ser y no fue… Ahora sé que no eras para mí, sé que tu destino y el mío nunca estuvieron unidos, siempre estuvo lejos, dirigiéndose hacia caminos diferentes. Nunca fuimos algo más, ni siquiera fuimos, porque nunca estuvimos y porque quizás por mi cobardía  no quise estar. Tampoco hubo un “nosotros”, no fuimos nada. Solo un oportuno beso y un abrazo en el momento que más lo necesitaba. Las cosas no valen por el tiempo que duran sino por las huellas que dejan…

Quedamos por primera vez un día cualquiera de finales de octubre, hacía una mañana esplendida que invitaba a caminar. Fue un paseo muy agradable y tranquilo, contándonos cosas de nuestra vida  y también alguna que otra anécdota que nos hizo sonreír a los dos. Nos dimos cuenta enseguida que entre ambos había saltado claramente esa “chispa” de complicidad, era como si nos conociéramos desde hace mucho tiempo.

Llegamos a una céntrica cafetería. Nos pedimos un café. Después, una agradable y amena conversación sobre diferentes temas actuales de interés.

Pasadas unas horas yo me tenía que marchar, pero no sin antes comentarnos mutuamente , que el tiempo había pasado demasiado rápido, que estábamos fenomenal juntos, que tenemos miles de cosas en común  y que estamos felices y encantados de verdad de habernos conocido.

Llegó la hora de la despedida. Nos despedimos justo en la puerta de unos grandes almacenes; era las 12’30 de la mañana. Como dos adolescentes sin importarnos la gente, las miradas, como si en ese mágico momento, solo existiésemos tú y yo… En ese preciso instante  sin yo esperarlo, me robaste un beso y atrayéndome hacia ti suavemente tus brazos me envolvieron cálidamente en un profundo y tierno abrazo; fue algo espontáneo, bonito y muy especial que surgió llenándonos de luz  a ambos en un momento de nuestras vidas en el que nuestros corazones se estaban apagando lentamente, y tal vez por ello, lo sentí tan profundamente que lo guardé desde entonces en un lugar de mi alma para siempre.

Pero….. Después de nuestra despedida; al quedar sola, la cobardía y el miedo se apoderó de mi… Miedo, a volver a equivocarme, miedo a volver a dar todo de mi, tener una nueva decepción y sufrir. Y me sentí cobarde…Cobarde de arriesgar todo de nuevo y volver a perder. Y entonces decidí no volver a verte. Confieso que me he tenido que hacer de piedra para no pensar en ti e intentar dejarte atrás.

Todavía pasado el tiempo, aun sigo recibiendo de ti cariñosos y tiernos mensajes de voz pidiéndome con gran interés volver a verme y escucho como  pronuncias mi nombre, reconozco que mis piernas tiemblan sin querer, mi corazón de repente se alegra y quiere buscarte…

Pero por una vez en mí  puede más la razón que el corazón… y no te contesto, ya no…

Llámalo miedo, cobardía o tal vez orgullo, pero finalmente  siento que dejé pasar ese tren de  lo que pudo ser y no fue…

ROVICA.

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