Me perdono por las veces que me empujé al abismo solo por comprobar si podía volar. Por intentar encajar en moldes que no tienen mi forma. Por callar cuando mi voz tiembla por salir. Por confundir el cansancio con rendición y la soledad con castigo.
Me perdono por creer que amar a los demás era suficiente para llenar el vacío. Por olvidar que el amor también se dirige hacia adentro. Me perdono por abrazar lo que duele solo por miedo a soltarlo, por quedarme quieta en lugares donde ya no queda absolutamente nada que aprender ni nada que vivir.
Me perdono por no ver la belleza que aún habita en mis ruinas. Por no entender que a veces perderse es otra manera de encontrarse. Me perdono por no reconocer mi luz cuando la sombra me ciega, por dejar que el miedo me guie cuando el corazón sabe el mejor camino. Ya no cargo con culpas que no me pertenecen. Ya no espero que alguien venga a rescatarme. Me tengo yo, y eso basta.
Hoy me miro y me abrazo, sin juicios, sin reproches. Ya no me castigo por no ser perfecta, porque… ser humana es suficiente. Me perdono, sí, pero también me agradezco. Por seguir, por sentir, por no rendirme del todo. No olvido lo vivido, lo convierto en impulso. Soy más fuerte que mis dudas y más serena que mis tormentas y, en esta resiliencia encuentro una verdadera forma de belleza.
Rovica.


