En un Lugar de Andalucía, el termómetro del salpicadero marcaba 48 grados a la sombra y en la plaza del pueblo no había sombra alguna. En la puerta del bar El Chiringuito, sentados en dos sillas de plástico blanco ajustadas milimétricamente debajo del único pedacito de sombra que proyectaba un toldo a punto de jubilarse, estaban Paco y El Primo. Ninguno de los dos se había movido en tres horas para no gastar saliva ni provocar corrientes de aire innecesarias.
—Paco —dijo El Primo, agitando levemente un abanico con la cara de Rocío Jurado.
—Dime, Primo. Respondió Paco.
—Hace una jartá de calor, ¿no?
—Algo se nota, —respondió Paco sudando a mares. Pero parece que quiere refrescar respecto al martes pasado, que cayeron dos gorriones fritos del cielo.
En ese momento pasó por la calle un turista despistado, vestido con calcetines blancos hasta las rodillas, sandalias y un sombrero de paja que no engañaba a nadie. Se detuvo frente a ellos sudando a chorros y sacó un mapa de papel que ya parecía una servilleta mojada.
—Disculpen —dijo el hombre con acento del norte—. ¿Saben si falta mucho para la catedral?
—¿Para la catedral? —Paco miró a El Primo y luego al reloj del campanario, que marcaba las cuatro de la tarde. Caballero, a esta hora la catedral está cerrada y el cura está en el tercer sueño de su siesta diaria. Si sigue andando en esa dirección a estas horas, la única catedral que va a ver es la del Juicio Final.
El turista parpadeó, confundido por el diagnóstico médico improvisado.
—Es que quería aprovechar el día —insistió el visitante.
—Mire usted —dijo El Primo, levantando con esfuerzo sagrado un dedo para señalar una silla vacía—. Aprovechar el día aquí a las cuatro de la tarde es llegar con vida a las ocho. Siéntese ahí, pida un tubo de cerveza bien tirado, que no es cerveza, es suero fisiológico, y no se mueva. Si se mueve, la calor lo huele y se lo lleva.
El turista superado por el rigor científico del argumento y con el intenso bochorno ambiental, se dejó caer en la silla de plástico.
A los cinco minutos, Manolo, el dueño del bar, salió a la terraza con una bandeja, rozando el suelo con las alpargatas para no gastar suela. Dejó tres cervezas tan frías que la condensación del vaso chorreaba a la velocidad de un chaparrón universal.
—¿Qué pasa, Manolo? —preguntó Paco—. ¿Cómo está la cosa dentro?
—Dentro hay tres clientes congelados. He tenido que poner la rebeca en el botellero porque los tercios están saliendo con pingüinos —respondió Manolo sin inmutarse.
El turista le dio un trago a la cerveza helada, suspiró y sintió cómo la vida le volvía al cuerpo. Miró a los dos vecinos autóctonos, que ni pestañeaban para mantener el gasto metabólico en cero.
—La verdad es que se está bien aquí —admitió el turista del norte.
—¿Lo ve usted? —sonrió Paco—. Aquí en el sur no somos vagos, lo que pasa es que tenemos un respeto respetable a la física termodinámica.
El turista terminó quedándose a cenar, aprendió a decir «chiquillo» con tres entonaciones distintas y jamás llegó a ver la catedral, pero juró que nunca había vivido una lección de supervivencia tan calurosamente instructiva.
Rovica.


