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Una preciosa y certera reflexión: «Solo basta un instante para olvidar una vida, pero a veces, no basta toda una vida para olvidar un instante…» Esta frase suele atribuirse popularmente al escritor Federico Moccia. 

Expone con precisión quirúrgica una de las mayores paradojas de la condición humana, captura a la perfección  el impacto emocional de los recuerdos. La esencia y la asimetría del tiempo emocional frente al tiempo cronológico. La desconexión entre el tiempo del reloj y el tiempo de la memoria. Mientras el reloj avanza siempre al mismo ritmo, nuestra mente mide la intensidad de lo que sentimos. Un contraste que describe y muestra las dos caras de una misma moneda.

La fragilidad de años de confianza y rutinas compartidas pueden desmoronarse en un segundo, un desengaño, un momento de traición, una decepción, un giro inesperado o una ruptura, puede destruir por completo la conexión con una persona o una etapa entera de la existencia en cuestión de segundos. El olvido aquí es la desconexión instantánea y el significado que esa persona tenía para nosotros.

A veces, la memoria no busca ser justa, sino proteger lo que nos hizo vibrar o lo que nos enseñó  la verdad de los sentimientos, un abrazo, una mirada, una pérdida, una caricia, un beso o la eternidad de un solo instante…Puede ser tan denso emocionalmente, que el cerebro lo archiva en un lugar inmune al paso del tiempo y nos convertimos, de algún modo, en guardianes de esos momentos para el resto de nuestros días.

Un instante de profunda felicidad o un amor intenso puede grabarse en la memoria como una huella imborrable, de tal manera que ni el paso de los años ni el resto de la vida logran borrarlo.

Rovica.

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