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Arturo se miró en el reflejo de la pantalla del ordenador. Llevaba una camisa azul impecable, una corbata de seda burdeos y un peinado que le había costado veinte minutos de gel y desesperación. De pecho para arriba, era el candidato perfecto para el puesto de Director de Operaciones en TuGlobal. De cintura para abajo, llevaba unos pantalones de pijama de felpa rosa con estampado de flamencos fosforescentes y unas pantuflas de gatitos. Era la magia del teletrabajo.

Faltaba un minuto para la entrevista por videollamada. Arturo respiró hondo y repasó mentalmente sus fortalezas personales: proactivo, líder nato, excelente trabajando bajo presión.

La pantalla parpadeó. Apareció la directora de Recursos Humanos, la señora Vargas. Tenía gafas de montura estricta, un moño tan apretado que parecía estirarle los pensamientos, y una mirada que podría haber congelado el magma.

-Buenos días, Arturo -dijo ella, con una voz que carecía de cualquier emoción humana-. Vamos al grano. En TuGlobal valoramos, sobre todo, la capacidad de resolver imprevistos. ¿Cómo maneja usted las crisis?

Arturo sonrió, con su mejor sonrisa corporativa.

-Excelente pregunta, señora Vargas. Verá, mi filosofía se basa en mantener la calma absoluta. Cuando el entorno es caótico, el líder debe ser un faro de estabili…(Un sonido sordo interrumpió su discurso. Arturo no movió el cuello, pero bajó la mirada un milímetro… (Era Mefistóteles, su gato negro de ocho kilos, que acababa de saltar al escritorio) -…un faro de estabilidad -continuó Arturo, elevando un poco la voz e intentando empujar al gato con el codo, fuera del ángulo de la cámara.

Pero Mefistóteles no quería ser empujado. Mefistóteles quería atención. Con la majestuosidad que solo un felino enfadado posee, el gato dio media vuelta y presentó su trasero peludo directamente a la lente de la cámara web.

La señora Vargas levantó una ceja.

-Como le decía…(sudó Arturo, empujando más fuerte con el antebrazo mientras mantenía contacto visual con la pantalla) -la… eh… la perspectiva es importante. Hay que ver todos los ángulos del problema.

Mefistóteles soltó un maullido indignado, levantó una pata y, con una lentitud calculada y malévola, empujó un vaso de agua que descansaba junto al teclado, y ¡Splash.!

El agua comenzó a correr peligrosamente hacia el enchufe múltiple. El corazón de Arturo empezó a latir a ritmo de reguetón, pero su rostro seguía siendo el de un profesional. Con la mano derecha gesticulaba amablemente hacia la cámara; con la izquierda, fuera de plano, agarró una toalla sucia que tenía en una silla e intentaba secar el diluvio a ciegas.

-La rápida toma de decisiones es vital -dijo Arturo, sonriendo como un psicópata mientras estrangulaba la toalla empapada.

Justo en ese momento, dieron las 10:15 a.m. Arturo había olvidado desactivar la programación diaria de «Terminator». «Terminator» era su robot aspirador.

Un pitido electrónico sonó en el salón, seguido de un zumbido parecido al despegue de un dron barato. El robot comenzó a golpear rítmicamente la pata de la silla de Arturo. ¡Bum. Bzzzt. Bum!

Mefistóteles, asustado por su enemigo mortal, saltó del escritorio al suelo… aterrizando directamente sobre el robot aspirador. El impacto hizo que «Terminator» cambiara de rumbo, dirigiéndose ciegamente hacia el router del wifi con el gato montado encima como un jinete del apocalipsis.

Arturo vio por el rabillo del ojo cómo el robot empezaba a arrastrar el cable de internet. Si el router caía, la llamada se cortaría. El pánico anuló su raciocinio. Olvidando por completo su vestuario, Arturo se puso de pie de un salto para atrapar el cable.

La señora Vargas dejó de escribir en su libreta. En su pantalla apareció, en gloriosa alta definición, un hombre en camisa, corbata y pantalones de pijama rosa con flamencos, lanzándose en plancha debajo de un escritorio.

El desastre fue absoluto. El pie de Arturo se enredó con el cable de los auriculares, lo que arrancó la cámara web del monitor, que salió volando por los aires antes de caer al suelo. Durante unos segundos, la señora Vargas solo pudo ver un ángulo contrapicado de los flamencos fosforescentes, mientras de fondo se escuchaba a un gato gruñir, un robot aspirador pedir auxilio en tono robótico («Error cuatro, cepillo atascado») y a Arturo toser porque se había tragado un poco de polvo del suelo.

Tras una lucha titánica que duró diez segundos, Arturo logró rescatar la cámara y volverla a colocar sobre el monitor. Se sentó de nuevo. Tenía la corbata en la espalda, el pelo revuelto como si hubiera sobrevivido a un huracán y un arañazo fresco en la mejilla izquierda. Mefistóteles maullaba desde la cocina.

Arturo miró la pantalla, jadeando suavemente. La señora Vargas lo miraba en un silencio sepulcral. Había perdido el trabajo. Era evidente. Arturo bajó la cabeza, derrotado.

-Señora Vargas… yo… le pido mil disculpas. Entenderé si damos por concluida la…

De repente, la estricta y gélida directora de Recursos Humanos empezó a temblar. Se llevó una mano a la boca y un sonido extraño escapó de sus labios. Era una carcajada. En cuestión de segundos, la mujer estaba riendo a carcajadas limpias, secándose lágrimas de los ojos.

Antes de que Arturo pudiera procesar lo que pasaba, un enorme perro Golden Retriever entró en la pantalla de la señora Vargas, le puso dos patas enormes sobre los hombros y empezó a lamerle las gafas vigorosamente.

-¡Buster, ahora no, baja! -dijo ella, riendo mientras intentaba quitarse al perro de encima. Finalmente, logró apartarlo, se secó las lágrimas y se enderezó las gafas, que ahora estaban llenas de babas-. Ay, Dios mío… Arturo.

-¿Sí? —respondió él, atónito.

-Usted dijo que bajo presión mantiene la calma y resuelve los imprevistos. Ha salvado la conexión, no ha dejado de hablar de negocios y, sobre todo, me ha alegrado la semana con esos pantalones.

Arturo sintió que el alma le volvía al cuerpo.

-¿Entonces…?

-El puesto es suyo, Arturo. Pero le pondré una condición innegociable en el contrato. -Dijo la Sra. Vargas.

-La que usted diga.

-Si algún día volvemos a la oficina de forma presencial… exijo que traiga esos flamencos los viernes casuales.

Arturo sonrió, relajándose por primera vez en toda la mañana.

-Trato hecho.

Y justo cuando iba a despedirse, «Terminator» (el robot) volvió a chocar con su silla… ¡Bum. Bzzzt. Bum!.

Rovica.

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