«El pasado ya no es y el futuro no es todavía». Esta frase de San Agustín no es solo una observación filosófica; es la descripción de un funambulismo constante. Vivimos en el filo de una navaja donde el «ayer» es ceniza y el «mañana» es humo.
Este es un relato que explora ese vacío entre dos nadas:
Mateo vivía en una casa llena de relojes, pero ninguno daba la hora. Algunos se habían detenido en el preciso instante en que su esposa cruzó la puerta por última vez; otros, los más modernos y digitales, parpadeaban con un 00:00 perpetuo, esperando una programación que Mateo nunca se decidía a completar.
Para Mateo, el tiempo era un enemigo que lo asediaba por dos flancos:
El Flanco del Ayer: Pasaba horas acariciando el lomo de libros viejos y oliendo bufandas que ya no conservaban ningún perfume. Se hundía en el «ya no es», ese territorio de fantasmas donde intentaba reconstruir conversaciones que ya se habían disuelto en el aire.
El Flanco del Mañana: Cuando no estaba recordando, estaba planeando. Tenía listas de viajes que nunca realizaba, presupuestos para reformas que no iniciaba y miedos sobre enfermedades que aún no padecía. Se perdía en el «no es todavía», un laberinto de posibilidades que lo mantenía en un estado de ansiedad eléctrica.
Una tarde de martes, Mateo se sentó en la terraza de una cafetería. Tenía frente a él un café humeante y un libro de San Agustín. Mientras leía la frase: «El pasado ya no es y el futuro no es todavía«, una ráfaga de viento cerró el libro de golpe.
En ese momento, ocurrió algo inusual. Un niño que corría por la acera tropezó y su helado de fresa salió volando, aterrizando con un sonido húmedo justo a los pies de Mateo. El niño no lloró de inmediato; se quedó mirando la bola de helado derretirse contra el asfalto gris, sorprendido por la violencia de la gravedad.
Mateo sintió el impulso de mirar el reloj para ver cuánto faltaba para su próxima cita (el futuro). Luego sintió el impulso de recordar el sabor de los helados de su infancia (el pasado). Pero, por primera vez, se obligó a quedarse allí.
Observó el color rosa brillante del helado sobre el gris. Sintió el calor del sol en su nuca. Escuchó el chirrido de los frenos de un autobús a lo lejos. Olvido quién había sido hace cinco minutos y dejó de preocuparse por quién sería en una hora.
«El presente, pensó Mateo, es un punto geométrico sin dimensiones. Es tan delgado que no debería existir, y sin embargo, es lo único que tengo.»
Se levantó, no para huir hacia sus planes ni para refugiarse en sus recuerdos, sino para comprarle un helado nuevo al niño. En ese breve intercambio de monedas y sonrisas, no hubo nostalgia ni expectativa. Hubo, simplemente, ser.
Conclusión: Al volver a su casa de relojes parados, Mateo no les dio cuerda. Entendió que la paz no estaba en capturar el tiempo, sino en aceptar que el pasado es una biblioteca quemada y el futuro un mapa de tierras inexistentes.
Se sentó en su sillón, cerró los ojos y, por primera vez en años, simplemente estuvo. Sin antes. Sin después. Solo el ahora, vibrando en el silencio de la sala.
Rovica.


