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Las cicatrices más profundas no las dejaron mis enemigos. No. Ellos solo pasaron de largo, sin promesas, sin afecto, sin más. Las heridas verdaderamente dolorosas, esas que marcaron el alma y dejaron huella en la forma de sentir, vinieron de quienes decían amarme. De palabras dulces que se convirtieron en silencios fríos. De abrazos que un día sostuvieron y al otro empujaron. De promesas que no se rompieron, se olvidaron. De los ojos que me miraban con “amor” mientras me hacían pedazos por dentro.

Las cicatrices no vienen de la guerra abierta, sino de las batallas silenciosas entre abrazos falsos, de las decepciones que nacieron en nombre del cariño. Y duele. Duele más cuando el daño viene de donde esperabas refugio, el impacto desarma por completo y deja un vacío lleno de preguntas silenciosas. Es un proceso de duelo por lo que creíste que era real.

Pero esas cicatrices, aunque dolieron, me enseñaron. Me enseñaron a distinguir entre amor y dependencia, entre presencia y lealtad, entre decir y demostrar.

Cada cicatriz en mi corazón tiene nombre, rostro y una historia que comenzó con un «yo nunca te haría daño». Y sin embargo, lo hicieron.

No me arrepiento de haber amado profundamente con el alma. Me arrepiento de haberlo hecho sin límites, sin filtro, sin cuidar el lugar más sagrado: mi paz.

Hoy no odio, ni guardo rencor, solo memoria. Pero aprendí algo  muy importante, a mirar con más atención, a escuchar más allá de las palabras y, sobre todo, a protegerme de quienes usan el amor como disfraz. Porque entendí con dolor, que el amor verdadero no hiere. No traiciona. No deja cicatrices. Cuida. Protege.

Rovica.

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