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  • Categoría de la entrada:Mis Escritos
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  • Última modificación de la entrada:01/06/2026

 

 

Su nombre era Alma. Vivía en Villa Estela un pueblo donde ella era la dueña de los atardeceres. Mientras el resto de la gente se apresuraba a encender las luces y cerrar las ventanas, Alma subía a la azotea de su casa con una paleta de acuarelas y un vaso de agua. Pero Alma no pintaba las nubes de tormenta. No le interesaban los grandes cumulonimbos, ni los cielos rojos y dramáticos que anunciaban huracanes y que todos fotografiaban.

Le fascinaban las otras. Las que se deshacían. Las nubes tímidas, las que el viento deshilachaba antes de que pudieran dejar caer una sola gota de lluvia. Las que simplemente se volvían transparentes y desaparecían sin que nadie notara que alguna vez estuvieron allí.

Cada tarde, antes de que el sol se ocultara, mojaba su pincel y susurraba:
—Esa que se estira y se rompe en el horizonte… es el beso que no me atreví a dar.
—La que se vuelve gris y se desvanece…como esas personas que como el humo habían pasado por su vida y ya estaban olvidadas.
—Esa pequeñita, que parece un barco de papel deshaciéndose… es el viajero que se sentó en mi banco un  día y nunca supe su nombre.

Alma pintaba los «casi». Los amores que no fueron, las palabras que se quedaron en la garganta, las personas que estuvieron de paso por el pueblo y no dejaron huella en la tierra, pero que cambiaron el color del cielo por un instante.
Decía que las tormentas son como los grandes eventos de la historia: hacen ruido, empapan todo, obligan a la gente a buscar refugio.

Pero las nubes que se deshacen son como los silencios compartidos, las miradas cómplices y los gestos amables de los desconocidos. No dejan charcos en el suelo, pero hacen que el cielo sea hermoso.

Al principio, la gente del pueblo pensaba que estaba perdiendo el tiempo. Le decían:

—Alma, ¿para qué pintas nubes? Mañana el cielo estará vacío.

Pero con los años, la gente empezó a subir a su azotea. Empezaron a llevarle sus propias nubes efímeras. El panadero le pidió que pintara la nube del día en que su esposa sonrió por última vez antes de enfermar. El cartero le pidió que guardara en un cuadro la bruma de la mañana en que su hijo se fue a la ciudad.

Hoy, después de su muerte, la azotea de Alma está cerrada, pero el techo de su habitación se ha convertido en el tesoro más grande del pueblo. Está cubierto por cientos de pequeños cuadros de acuarela, pintados en tonos pastel, lilas y naranjas desvaídos. En el centro de la habitación, hay un letrero de madera escrito con su propia letra: “Atlas de lo efímero: Las bellezas que no dejaron huella, pero nos hicieron mirar hacia arriba.”

Y ahora, en el pueblo, cuando alguien siente la nostalgia de algo que no llegó a ser, no baja la cabeza. Se sienta en un banco, mira el cielo al atardecer, y busca una nube que se esté desvaneciendo. Sonríe, y la deja ir. Sabiendo que, aunque desaparezca, alguien, en algún lugar, ya la pintó para que nunca se olvide.

Rovica.