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Bajo los cortinajes de terciopelo granate el despacho oficial parecía más un mausoleo que un centro de gobierno. Mateo sostenía entre los dedos una pluma estilográfica de oro antiguo, un regalo institucional que nunca utilizaba para firmar nada que no estuviera minuciosamente calculado.

Afuera, la plaza principal era un hervor de pancartas y cánticos. Los altavoces de la manifestación indignada filtraban lemas sobre dignidad salarial, recortes sociales y la dimisión inmediata del gabinete. Para cualquier otro, aquel rugido constante habría sido una losa insoportable sobre la conciencia. Para Mateo, era simplemente la banda sonora de su coronación.

-Los sondeos de la noche son concluyentes, señor ministro -anunció su secretario particular, con la voz plana de quien ha normalizado el cinismo-. El ala radical del partido ha retirado su confianza al presidente. La moción interna prosperará al alba. El partido es suyo.

Mateo asintió despacio, sin apartar la vista de la ventana. No sentía euforia; la ambición desmedida, cuando llega a su madurez, no celebra las victorias con algarabía, sino con la fría sobriedad del contable que archiva un balance favorable.

Durante años había escalado por una pirámide invisible construida con las ambiciones ajenas. Había prometido renovaciones profundas que luego diluyó en despachos oscuros, había estrechado manos temblorosas de compañeros a los que sabía que traicionaría en el momento propicio, y había convertido la ideología en un traje a medida que ajustaba según soplara el viento de los escaños. Para él, los ciudadanos no eran personas de carne y hueso con necesidades urgentes, sino meros números en una hoja de cálculo electoral, peones necesarios para sostener la cúspide de su poder personal.

-¿Y el borrador del discurso para mañana? -preguntó Mateo, girándose al fin hacia su subordinado.

-Está listo. Apela a la unidad nacional, a la renovación ética y al sacrificio colectivo para superar la crisis.

Un atisbo de sonrisa, fría y precisa como el filo de un bisturí, cruzó los labios del político. Había convertido la mentira institucional en su hábitat natural, convencido de que la historia solo absolvería a los vencedores, sin importar cuántos cadáveres políticos hubiera dejado en los peldaños inferiores.

-Perfecto -concluyó Mateo, volviendo a sentarse en su sillón de piel. Que preparen las cámaras. Mañana demostraremos que este país aún tiene futuro, conmigo al timón.

Al final, la soberbia, la irresponsabilidad y la ambición personal ciega al manipulador, impidiéndole ver que lo que ha ganado no es ventaja, sino todo lo contrario, la pérdida absoluta de la confianza y el respeto de la ciudadanía.

Rovica.

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