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Hoy, desde El Rincón de Rovica: Cosas sencillas… Cada día que pasa, me gusta y disfruto mucho más de las cosas sencillas.  Cosas sencillas, de esas que no merecen un Instagram Stories, o al menos no uno que pretenda tener más de diez visualizaciones. Y qué bien que así sea.

Leer un libro (si no es un best-seller, mejor), hornear magdalenas (y que te salgan feas pero ricas, o bonitas pero malas) y comértelas junto a un vaso de horchata fresquita y con la sonrisa puesta, porque hay que ver qué divertido es amasar, medir, mezclar y espolvorear independientemente del resultado. Igual que leer un buen libro aunque no te guste el final. O igual que escribir por escribir, sin someter tus líneas a los likes. Hablo de cosas sencillas como ordenar un armario y tirar o regalar esas cosas que ya no te sirven. Y descubrir en libretas amarillentas por el paso del tiempo que hay cosas que, no importan los años que pasen, todavía te sirven y mucho.

Pasear. Pasear sin ir a ninguna parte y dejar que sean tus pies, y no tu cabeza, los que decidan el destino. Porque “siempre se llega a alguna parte si se camina lo bastante”, que diría Lewis Carroll.

Hacer nada. Y nada también es, a veces, fijar la vista en las cosas que todos los días vemos sin ver. Ese adorno de hierro forjado en la farola, ese cuadro en la cafetería de siempre, el juego de luces y sombras entre el sol y el ventilador de techo de tu salón. Detalles. Detalles que no serían importantes si no fuera porque el reparar en ellos indica que, por un segundo, estamos quietos. Conscientes. Presentes en el aquí y el ahora. Justo lo que no hacemos la mayoría del tiempo.

Porque la mayoría del tiempo cunde la prisa, el caos, las notificaciones y los “tengo que” :  “Tengo que comer mejor. Tengo que beber más agua. Tengo que volver a leer. Tengo que respirar mejor. Tengo que estresarme menos”. Y en medio de esa carrera absurda en la que tratamos de avanzar, cuando en realidad todo lo que hacemos es huir, no nos damos cuenta de que ese montón de cosas, logros que parecen inalcanzables en plena crisis, vienen solas cuando frenamos el motor, bajamos los decibelios y miramos alrededor.

Es ahí cuando y donde vemos lo que antes no estaba. Bueno, sí estaba, pero al no verlo, no contaba. Es entonces cuando nos sentimos bien y, milagrosamente, nos apetece más una tarde recogiendo conchas en la playa que hacer cola en Primark por un pack de calcetines a 3 euros.

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Cuesta. Cuesta no hacer nada. Cuesta eso que llaman desconectar, que no es otra cosa que conectar con uno mismo, con las cosas que tenemos al lado y que con la velocidad percibimos como manchurrones de color corridos. Cuesta, pero como muchas de las cosas que cuestan, es mejor.

Por eso hay que intentarlo siempre. Y refugiarse de un mal día al abrigo de un abrazo. Cambiar el café por un zumo de piña y apagar el teléfono antes de que alguien intente hacerte creer que su vida es más feliz porque tiene filtros, stickers y algún tuneo de Lightroom.

Hay que despejarse de la rutina sintiendo ese soplo de brisa hechizada que te eriza la piel y te anuncia que ya nadie podrá parar al otoño, pero que si escuchas atenta, tranquila, conscientemente, te cuenta también que el otoño puede llegar cargado de momentos. Momentos sencillos,  que abarquen la felicidad de las cuatro estaciones juntas. Momentos sencillos que lo sean todo.

Tejetintas
 Editado e Ilustrado por: Rovica.

Esta entrada tiene 9 comentarios

  1. Gracias por su comentario acerca de las cosas sencillas. Estoy haciendo lo mismo.

    1. Pienso realmente, que el secreto de la felicidad está en saber valorar la enorme grandeza de las cosas más pequeñas. Muchas gracias a ti Roberto. Saludos amigo.

      1. Estoy de acuerdo. Hay personas con infinita riquezas y son lo mas tristes. Gracias por compartir amiga Rovica y saludos.

  2. A mí me encanta las cosas sencillas y los pequeños detalles. Al final son los que marcan la diferencia a todo.
    Eres de las mías jeje.
    Un abrazo

    1. Las cosas sencillas de la vida son como esas estrellas que relucen en las noches despejadas. Siempre están ahí, rodeándonos, solo hay que saberlas ver y disfrutarlas al máximo… Muchas gracias. Un abrazo!

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