Cada noche, al volver del trabajo, Elena veía la misma luz encendida en el edificio de enfrente. No era una luz brillante ni particular. Apenas una lámpara de mesa, de pantalla amarilla, que dibujaba un rectángulo tibio sobre unas cortinas blancas. Pero, en una ciudad donde casi todas las ventanas parecían ojos cansados, aquella luz tenía algo de refugio.
A veces, detrás de las cortinas, se adivinaba una silueta inclinada sobre un libro. Otras, la sombra de una mano que se alzaba para regar las plantas del alféizar. Elena inventó una vida para aquel desconocido: pensó que era músico, que preparaba té demasiado fuerte, que hablaba con los gatos del barrio.
Una noche de lluvia, el ascensor de su edificio se averió. Elena subió cinco pisos con las bolsas de la compra clavándosele en los dedos y llegó a su puerta empapada, exhausta y de mal humor. Al buscar las llaves, descubrió que no estaban en el bolso.
Las había dejado en la oficina. Se sentó en el escalón, soltó una risa incrédula y se cubrió la cara con las manos. La lluvia golpeaba los cristales del rellano y, frente a ella, al otro lado del patio interior, la lámpara amarilla seguía encendida.
-¿Todo bien? -preguntó una voz desde arriba.
Elena levantó la vista. Un hombre bajaba las escaleras con una linterna pequeña en la mano. Lo reconoció antes de saber por qué: era la silueta de la ventana. No parecía músico, pensó. Llevaba un jersey gris, el pelo algo revuelto y una expresión de preocupación que le resultó inesperadamente amable.
-He olvidado las llaves -admitió ella-. Y creo que mi orgullo ha venido a morir aquí.
Él sonrió.
-Entonces has tenido una noche complicada.
-Podría decirse.
-Soy Daniel. Vivo en el sexto. La ventana de la lámpara.
Elena lo miró, sorprendida.
-¿Cómo sabes…?
-Porque te he visto mirar alguna vez.
El rubor le subió al rostro, pero Daniel no pareció burlarse. Al contrario: se sentó dos escalones más abajo, dejando entre ambos una distancia prudente.
-Yo también te he visto -añadió-. La chica de la bufanda roja.
Elena bajó la mirada hacia la bufanda empapada que aún llevaba al cuello.
-No siempre es roja.
-No -dijo él-. Pero cuando lo es, parece que el patio se vuelve menos gris. Aquella frase, sencilla y dicha casi en un susurro, tuvo el efecto de una puerta que se abre.
Daniel le ofreció su teléfono para llamar a una cerrajera. Mientras esperaban, compartieron las mandarinas que Elena llevaba en una de las bolsas. Hablaron de cosas pequeñas: de los vecinos que ponían música a horas imposibles, de los libros que uno empieza y nunca termina, de la lluvia que en esa ciudad siempre parecía llegar sin pedir permiso.
La cerrajera tardó dos horas. Para entonces, Elena sabía que Daniel trabajaba restaurando fotografías antiguas. Que tenía una planta de romero llamada Teresa. Que encendía la lámpara cada noche porque no soportaba cenar con luces blancas. Daniel, por su parte, descubrió que Elena dibujaba edificios en los márgenes de sus libretas y que tenía la costumbre de dar nombres a las nubes.
Cuando la puerta al fin se abrió, Elena se quedó en el umbral con una extraña tristeza. Ya no necesitaba ayuda. La noche, de pronto, podía terminar.
-Gracias -dijo.
Daniel asintió -De nada.
Hubo un silencio breve, lleno de algo que ninguno de los dos parecía saber nombrar.
-¿Te gustaría tomar café algún día? -preguntó él al fin-. Sin lluvia, sin bolsas y sin cerrajeras.
Elena sonrió -Me gustaría.
El café fue dos días después. Luego hubo otro, y después una caminata bajo los árboles del parque. Daniel le mostró su estudio, donde las fotografías antiguas aguardaban bajo lámparas suaves: bodas de otras épocas, niños con zapatos gastados, rostros que habían aprendido a sobrevivir al paso del tiempo.
Elena le enseñó sus dibujos. Daniel encontró, entre páginas llenas de fachadas y ventanas, una pequeña acuarela de su edificio visto desde el patio interior.
En una de las ventanas había una luz amarilla.
-La pintaste antes de conocerme -dijo él.
-Sí.
-¿Y ya te gustaba?
Elena levantó los ojos.
-Me gustaba pensar que alguien estaba despierto al otro lado.
Daniel no respondió enseguida. Se acercó con lentitud, como si temiera romper algo delicado. Rozó con los dedos una mancha de pintura cerca de la muñeca de Elena y la miró buscando permiso.
Ella inclinó apenas la cabeza. El beso fue tranquilo. No tuvo urgencia ni promesas enormes. Fue un beso que parecía haber estado esperando desde aquella primera noche de lluvia, escondido entre las mandarinas compartidas y las miradas cruzadas a través del patio.
Más tarde, sentados junto a la ventana de Daniel, escucharon la ciudad respirar detrás de los cristales. Elena apoyó la cabeza en su hombro. Él entrelazó sus dedos con los de ella, y permanecieron así, sin necesidad de llenar el silencio.
Afuera, las luces de otras casas se apagaban una a una. La de Daniel, sin embargo, siguió encendida hasta el amanecer.
Rovica.


